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El cautiverio de la deshonra

❝Libre-Mente❞》》》
❝Al doctor Roberto Artemio Rosario Peña. Sabio jurisconsulto, hijo meritísimo de Bonao.❞   
En el libro primero de sus “Meditaciones”, el emperador Marco Aurelio (121-180) despunta con una sentencia sencilla pero iluminadora: “Aprendí de mi abuelo Vero el ser de honestas costumbres y no enojarme con facilidad”. Y más añade: “Debo a Apolonio, el saber obrar con libertad de espíritu, desembarazado de vanos respetos; el no gobernarme por otros principios que por los de una buena razón, aun en las cosas más mínimas…”
Honda cavilación de un hombre poderoso, cuya preocupación le impone reflexionar sobre el ejercicio pasajero del poder y, más que todo, cuidarse de los engaños y las trampas que tiende la vanidad. Su discurso cabalga sobre la senda delgada y ampulosa que implica la búsqueda cautelosa de la virtud y la ensambladura del carácter. Misión que atribuye al intento por transformar su alma que, según entiende, debería estar templada para un final honroso, al que debe aspirar toda persona de regia compostura. Templado, el emperador está consciente de que, por vasta que llegue a ser su grandeza y majestuoso el destino, ni él ni ningún otro mortal escapará de dos condenas inapelables que a todos esperan por igual, la muerte y el olvido. Aleccionador. Un gobernante supra poderoso, casi dos milenios atrás, advertía de cómo desembarazarse de los vanos respetos y de la mórbida y oscura seducción del poder que, por lo común, termina siendo tan venenosa como vengativa.

En la historia griega sobreabundan los ejemplos, pero el de Sócrates y Alcibíades perdura como estigma grabado con hierro y fuego. El filósofo luchó en vano por convertir al gobernante altanero en un estadista virtuoso y, desde luego, que el pueblo ateniense pagaría un alto precio por ello; pues, lleno de extravagancia y blandura moral, el fracaso del general fue inminente y fatídico. Fuera de épocas y temporalidades, la vanidad es la misma, causa de fracasos estrepitosos y estruendosas caídas. M. Pigliucci (2023), acude a H. M. Curtler y asevera que, de todas las debilidades humanas, la vanidad es la “tontería glorificada” más dañina de la historia. Después, y no menos repulsiva, queda la codicia entre las peores dobleces a las que los humanos rinden culto. Ambos vicios, lijados con el tiempo, ceban el ego personal de líderes que, contradictoriamente, buscan alimentarse con la aprobación de opiniones veleidosas, detrás de los cristales nublados de miradas ajenas y mentirosas.

Todo empeño vanidoso redunda en atraerse admiración, satisfacer ansias extrañas y, sobre todo, concitar la atención de muchos que tan siquiera se enterarán del espejismo ocasionado por la idiotez vulgar y la desdicha. F. Berardi (2022) cita razones y lamentos que tuvo el poeta irlandés W.B. Yeats (1865-1939) cuando, en su era desolada, clamó atormentado: “Todo se desmorona…los mejores no tenían convicción y los peores rebosaban de apasionada intensidad”.

El apotegma, fabricado a la medida de la política actual, recoge y suma el preámbulo de la mediocridad y la decadencia del pensamiento político moderno. En este contexto, no hay emperadores como M. Aurelio ni poetas como W.B. Yeats; empero, de la esencia de sus preocupaciones, remotas y alejadas, todavía quedan vestigios invariables. De aquel ayer tormentoso a este presente seductor, las disputas entre la vanidad y la codicia continúan imperturbables. Berardi dibuja la posmodernidad política como “un apagón de sensibilidad”; cortocircuito de la razón, donde la idiotez rebelada vence la racionalidad con suma facilidad. Vivimos el verdadero “boom de la ignorancia”, signado por la incapacidad de la mente colectiva, tras haber sufrido la reconfiguración tecnológica del mundo, bajo el dictado de la gobernanza financiera ¿Por qué nuestra mente está más informada, pero se ha vuelto menos crítica?

El examen ético de la existencia bascula inalterable en el tiempo, porque ni la bondad se ha mudado de casa ni la maldad cambió de domicilio. Razones y valores siempre serán opciones rutinarias, para los cuales no hay escuela ni recetario, de modo que la ética implicará, sécula seculórum, reflexionar sobre aquello que, deliberadamente, ha de entenderse como mejor elección para la vida. Y en la práctica política, su renuncia traslada el riesgo mayor para el desbarre moral y el entierro de las mejores intenciones. La ética, facultad cognitiva, sólo ha trasformado los ámbitos de su interpretación y el medio de sus prácticas, conduciendo al camino estrecho de la honradez o al del fango movedizo donde aguarda el embarre y el hundimiento público. Como dijera Cicerón, actuar de forma correcta nunca dejará de ser digno de elogio, y son valores los que hacen la vida más digna de ser vivida…

¿Por qué no cambian determinados valores? Porque ninguna tribu, grupo o nación ha establecido jamás que la mentira pueda ser superior a la verdad. Porque nunca en la historia -agrega Savater- la avaricia ha sido mejor ofrenda que la generosidad. En fin, porque la vida virtuosa no depende de la relativa concepción del individuo, ni de los acomodos teóricos que cada uno quiera ajustar, para su interés y particular provecho. Precisamente, el problema de la moral enrolla cuando intentamos ser éticos sólo con unos pocos o en determinadas circunstancias favorables. La vida virtuosa no se levanta de un altar ni está santeada de la perfección, sino que, desde el plinto de la razón, procura practicar el bien o, en situación contraria, jamás dañar sin justa causa ¿Qué satisfacción envuelve al ser humano en ese disfrute afortunado que al final acampa entre la derrota moral y la deshonra pública? F. de Waal, primatólogo, concluye que la problemática de la naturaleza humana descansa en dos grandes pilares evolutivos: El uso de la razón y el grado elevadísimo de sociabilidad que poseemos. Esa extraordinaria condición prosocial, perfila la estrategia biológica y táctica evolutiva para regular la vida y mejorar la comunidad.

Construir la línea divisoria entre lo virtuoso y lo indebido, reforzó la viga de un conocimiento que, una vez adquirido, tornó insustituible para la humanidad. Giro impresionante y universal que, para K. Dahlsgaard, con el tiempo, llamaríamos virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza), presentes en todas las culturas, adicionando a veces rasgos del carácter y algún sentido de trascendencia. La ética sirve de algo, porque, en la Hora de las horas, es el único tribunal que puede liberarnos del cautiverio de la deshonra.

Por: Ricardo Nieves,-
@nieves_rd
@doctornieves
nievesricardord@gmail.com
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