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lunes, 14 de septiembre de 2020

V√≠deo (ūüďĹ) La escalofriante historia de la pareja que se esfum√≥

LOS QUE NUNCA VOLVIERON (1 DE 5),,,,        
Santo Domingo,- Una buena pel√≠cula y palomitas de ma√≠z. Lo que se supon√≠a que ser√≠a una noche de amor se convirti√≥ en un gran misterio. Las cuatro gomas del veh√≠culo es­tacionado en la avenida Espa√Īa es­taban desinfladas, los l√°pices del trabajo aparecieron partidos en dos en el interior del carro, la sue­ra (abrigo) y los pantalones estru­jados y tirados en los arrecifes y un calcet√≠n, a la vista de todos, guin­dando en una rama a la orilla del mar Caribe; son los √ļltimos rastros de Edgar B√°ez y su novia Leticia Boitel, una enigm√°tica y doble des­aparici√≥n que contin√ļa latente en la mente de sus allegados.

Aquel domingo 15 de septiem­bre de 2002, el √ļltimo registro que se tiene de aquella pareja fue su sa­lida del cine de la Sabana Larga al filo de las 9:00 de la noche. Los mi­nutos posteriores han sido un ver­dadero enigma que a√ļn atormenta a los familiares de ambos.
Cristina de los Santos, madre de Edgar, recuerda que ese d√≠a le pre­par√≥ de almuerzo arroz blanco con guandules y carne frita, uno de sus platos favoritos, y que luego de co­mer √©l le dijo que saldr√≠a para don­de su amigo Dexter y posterior­mente pasar√≠a a recoger a Leticia en su autom√≥vil marca Honda Ci­vic a√Īo 1993.
“Mami vengo ahorita que ma√Īa­na tengo que irme temprano para el trabajo”, fueron las √ļltimas pala­bras que escuch√≥ Cristina de su hi­jo.
Edgar sali√≥ a las 2:30 de la tar­de de su residencia, ubicada en la manzana 25 n√ļmero 4 del sector Ed√©n, Villa Mella, y estuvo en la ca­sa de su amigo hasta las 7:00 de la noche cuando pas√≥ a buscar a Leti­cia en la avenida Sabana Larga pa­ra ir al cine.
Transcurrida la noche, la aguja del reloj avanzaba y a medida que se mov√≠a, ni Edgar ni Leticia regre­saban de su rom√°ntica velada.
Aquel d√≠a llov√≠a a c√°ntaro, por lo que quiz√°s pudieron haber tenido alg√ļn percance con el veh√≠culo de­bido a los grandes charcos que se forman en la capital, pensaba su madre en ese momento.
Sin embargo, las horas noctur­nas mor√≠an y ninguno de los dos daba se√Īales de su retorno a sus respectivas viviendas. Tampoco respond√≠an las llamadas a sus tel√©­fonos m√≥viles.
Esa noche Cristina no durmi√≥ porque se imaginaba que algo no andaba bien. Su hijo de 20 a√Īos nunca hab√≠a amanecido en la ca­lle y siempre fue un joven aplicado en sus estudios y responsable en su trabajo.
“Yo no me he mudado porque tengo la esperanza de que vuelva”, asegura a LIST√ćN DIARIO.
Edgar conoci√≥ a Leticia en la Uni­versidad APEC; √©l era estudiante de t√©rmino de ingenier√≠a en siste­ma, mientras que ella, de 23 a√Īos, cursaba la carrera de contabilidad. El hilo conductor para que ambos se conocieran fue la t√≠a de la chica, quien era profesora de esa institu­ci√≥n y la que los present√≥ como si se tratara de cupido.
No tard√≥ mucho tiempo para que ellos entablaran una relaci√≥n sentimental que perdurar√≠a un a√Īo y varios meses hasta la noche en que ambos se desvanecieron.
Y al otro d√≠a… Las alarmas se dis­pararon. De inmediato las autori­dades rastrearon el veh√≠culo y r√°­pidamente fue encontrado frente a la base de la Marina de Guerra, hoy Armada de la Rep√ļblica Domi­nicana.
Todas las pertenencias de Edgar estaban en los alrededores; excep­to sus zapatos, uno de los calceti­nes y su celular. De Leticia no hab√≠a ning√ļn rastro.
Los guardias que vigilaban la en­trada a la base de la Marina, quie­nes desde su ubicaci√≥n pod√≠an ver el autom√≥vil con las llantas vac√≠as, dijeron que en ning√ļn momento vislumbraron algo raro.
Cristina relata que el carro ten√≠a golpes en los laterales lo que le ha­ce suponer que se produjo alg√ļn ti­po de roce que pudo haber tenido un tr√°gico final. Aunque el veh√≠cu­lo estaba correctamente parquea­do, como si todos esos elementos encontrados parecieran ser coloca­dos de manera perfecta, a modo de simular una escena de crimen, co­menta.
Desde el día anterior
Edgar trabajaba como soporte a los bancos y empresas privadas en materia de inform√°tica. El s√°bado 14 de septiembre hab√≠a asistido al Banco Popular hasta las 7:00 de la noche; al otro d√≠a en la ma√Īana, acudi√≥ temprano a Almacenes El­ba, ubicado en la Carretera Mella esquina Jos√© Reyes de esta capital.
All√≠ tambi√©n realiz√≥ sus labores de asistencia como era habitual. Mientras que Leticia trabajaba en una empresa privada de electro­mec√°nica. Nada parec√≠a estar fuera de lugar en la vida de ambos.
Aparentemente ninguno ten√≠a enemigos ni tampoco anteceden­tes penales. Nunca hab√≠an dado problemas a sus familiares y los dos estudiaban y trabajaban. En defini­tiva, no hay un solo motivo que se­√Īale alguna conducta inusual que pudiera haber provocado este enig­ma.
Una odisea
Y es que a partir de la desaparici√≥n de Edgar y Leticia, Cristina estuvo acudiendo todos los d√≠as al Palacio de Justicia durante los dos a√Īos si­guientes en busca de respuesta; pero no importaron sus esfuerzos para mantener el caso en la pales­tra p√ļblica ni los viajes al interior del pa√≠s para ver si alguna pista o se√Īal pudiera responder a todas sus inc√≥gnitas.
El t√≠o de Leticia, el coronel Ale­jandro Boitel, estuvo buscando a su sobrina por “mar y tierra” sin tener √©xito. Falleci√≥, hace algunos a√Īos, sin haber finalmente cono­cido el paradero de su sobrina.
Ambas familias, los B√°ez y Boi­tel, no tuvieron muchas cerca­n√≠as luego de la desaparici√≥n de sus parientes y cada uno realiz√≥ sus respectivas investigaciones de manera independiente. No obs­tante, Cristina fue la que mantu­vo el caso en los medios de co­municaci√≥n ya que permiti√≥ m√°s entrevistas a los periodistas que estaban interesados en el caso.
“El hombre de la muchacha”
Una de las tareas que Cristina hizo para buscar a su hijo fue la de visitar las distintas c√°rceles del pa√≠s para ver si por casualidades de la vida se hubiera podido to­par con Edgar en una de esas pri­siones.
En ese traj√≠n de vida conoci√≥ a muchos presos y carceleros, a fin de que pudieran ayudarla en caso de que vieran a alguien que coin­cidiera con las caracter√≠sticas f√≠si­cas de su hijo.
A√Īos despu√©s una llamada des­pert√≥ sus esperanzas ya que le co­municaron que en la C√°rcel 15 de Azua, hab√≠a un recluso que pare­c√≠a un demente repitiendo en todo momento el nombre de “Leticia”.
Los dem√°s presos le apodaron “El hombre de la muchacha”, pues viv√≠a mencionando aquel nombre con llantos excesivos. Cuando Cristina se enter√≥ de in­mediato se traslad√≥ a la prisi√≥n, pero al final tampoco tuvo √©xito porque supuestamente uno de los prisioneros se le acerc√≥ y le di­jo que a quien ella buscaba se lo hab√≠an llevado.
Nunca m√°s supo de aquel indi­viduo y por tanto, solo se qued√≥ en meras especulaciones.
Cristina sigue esperando a su hi­jo Edgar; mientras que la familia de Leticia igualmente la extra√Īa.
“Solo Dios puede darme una res­puesta y s√© que ser√° as√≠; todas las noches yo salgo al patio a pensar en mi hijo. Mientras no haya cuer­po para m√≠ sigue vivo y yo lo esta­r√© esperando hasta el √ļltimo d√≠a de mi vida”, concluye Cristina, quien hace 18 a√Īos a√Īora que Edgar en­tre por la misma puerta que sali√≥ aquel fat√≠dico domingo.
Por Dalton Herrera ,-
 
Si tiene alguna informaci√≥n sobre los paraderos de √Čdgar Baez y Leticia Boitel puede contactar a su familia al n√ļmero 809-568-2157
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